Gabriel Huland

Kaos en la Red

 

El mundo sigue con perplejidad las noticias que llegan del Brasil. ¿Quien podía prever que, justo durante la Copa de las Confederaciones, unas protestas populares tan impresionantes tomarían de norte a sur el país del fútbol? Todo empezó con una manifestación de “un puñado” (según el diario The New York Times) contra el aumento de R$ 0,20 en el precio de la tarifa del transporte público de Sao Paulo. La segunda manifestación, tres días después, reunió a más de diez mil personas en la Avenida Paulista, la principal vía de esta ciudad y el centro financiero de Brasil.

Lo que sorprendió a todos fue la truculencia con que la Policía Militar reprimió a los manifestantes que sólo se quejaban por los transportes públicos brasileños. La policía usó balas de goma, esprais, gases lacrimógenos y muchos porrazos, una violencia desproporcionada contra estudiantes desarmados que sólo querían ejercer el derecho fundamental a manifestarse. Sao Paulo parecía Estambul. El transporte público de Brasil es uno de los más caros y de peor calidad en el mundo. De hecho, de público no tiene mucho, ya que las empresas que lo controlan son todas privadas. Una verdadera mafia de empresarios que, en época de elecciones, distribuye ríos de dinero a los políticos a cambio de favores una vez que estos llegan al poder.

Pasadas dos semanas de las primeras acciones vemos un país entero en lucha. Las protestas se han esparcido como un reguero de pólvora y están sucediendo en las principales urbes brasileñas. Sao Paulo, Río de Janeiro, Brasilia, Salvador y decenas de otras ciudades han sido escenario de manifestaciones que no se veían en el país sudamericano desde los años ochenta, cuando tuvo lugar la lucha contra la dictadura militar (1964-85). El pasado jueves en Río más de 1 millón y 200 mil personas llenaron la Avenida Rio Branco mientras España goleaba el frágil equipo de Tahití por 10 a 0.

Mitos y verdades sobre la 5a economía mundial

¿Pero qué está pasando en Brasil? ¿No íbamos viento en popa hacia el selecto grupo de países “desarrollados”? ¿El mundial y los JJOO no serían los dos eventos que mostrarían al mundo un país alegre, moderno, con una economía robusta y menos pobreza? Nada más lejos de la realidad. Como un gigante de arena que se deshace con la lluvia, todos los mitos creados recientemente sobre Brasil se vienen abajo. La realidad es dura y cruda.

Brasil tiene una población de aproximadamente 190 millones de personas, de las cuales 42 millones viven en la pobreza. La tasa de escolaridad es una de las más bajas del mundo y la calidad de la sanidad pública son comparables a la de países como Haití y Madagascar. La élite y una parte de la clase media tienen seguros de salud privados y mandan a sus hijos a escuelas también privadas. Los problemas son estructurales, herencia de un pasado colonial y una economía totalmente dependiente de los países centrales del capitalismo, como EEUU, la UE y China. Es cierto que en los últimos 10 años de gobiernos del PT (10 años de Lula da Silva y dos de Dilma Rousseff) el país ha reducido en algo la pobreza y se ha visto algún crecimiento económico, pero también es cierto que los empresarios brasileños y las multinacionales nunca habían ganado tanto dinero como ahora. La concentración de renta, tierra y capitales es una de las más altas del mundo. El crecimiento económico reciente se ha basado en la exportación de materias primas, el sector de la construcción y una pequeña parte de exportación industrial a los vecinos latinoamericanos, China y EEUU. La vida empieza a empeorar para el brasileño: la inflación retorna y los ajustes salariales no la acompañan. Son los primeros efectos de la crisis mundial.

¿Cómo se puede explicar entonces que con todos estos problemas un gobierno se permita el lujo de gastar más de 26 mil millones de reales (aproximadamente 10 mil millones de euros) en estadios faraónicos, muchos de los cuales no serán utilizados después del evento? Como dijo el jugador de fútbol Romario, la Lei Geral da Copa (Ley General del Mundial) significó el mayor acto de corrupción en la historia del país. Los mayores beneficiados son los políticos y empresarios. El número de familias removidas de sus casas, el daño ambiental y urbanístico causado por las obras son incalculables.

Eso es lo que está por detrás de las protestas que estamos siguiendo. La población está cansada de corrupción e hipocresía. No aceptan más espectáculos, reclaman cambios reales. La protesta que se inició como una llamada de atención a los gobiernos por el aumento injustificado del precio del transporte se convirtió en un grito reprimido en contra de las injusticias sociales. Se puede haber roto el tenue equilibrio social que impera en el país.

Los medios y la ultra derecha quieren manipular las protestas

Los procesos sociales son complejos y contradictorios. No podría ser diferente con la actual ola de protestas en Brasil. Junto a la gran indignación popular contra la corrupción, la injusticia social, la inflación y los pésimos servicios públicos se observa un fenómeno importante: el apartidismo de una parte de los manifestantes. En muchas de las protestas miembros de partidos políticos de izquierda, sindicatos y movimientos sociales han sido escrachados e, incluso, atacados físicamente por pandillas. Negros, homosexuales e militantes de Derechos Humanos también han sido víctimas de agresiones. Por un lado, existe una desconfianza progresiva con los partidos políticos brasileños, especialmente el PT, PSDB y PMDB (los tres grandes partidos de Brasil). Sobre todo los jóvenes están cansados de los mismos partidos de siempre, con sus mentiras y promesas en época de elecciones. La gran esperanza generada por la victoria electoral del PT (Partido de los Trabajadores) se convirtió en decepción para un número grande de personas dado los cambios insignificantes producidos hasta ahora.

Sin embargo, lo que se observa aparte de eso es la presencia de grupos secretos pagados por los partidos de derechas para generar confusión entre los activistas. Los partidos de derecha, especialmente el PSDB, y grupos neonazis, como Los Carecas do ABC (Pelados del ABC), participan en las manifestaciones y promueven ataques contra el movimiento social organizado. Hay sectores, incluso, que van a las concentraciones a defender medidas reaccionarias como la reducción de la mayoridad penal, el retorno de la dictadura militar y la represión a los homosexuales. Son grupos minoritarios todavía, pero reflejan la despolitización de un gran número de personas. Está planteada la necesidad de disputar la consciencia de cada activista y crear colectivamente una lista de reivindicaciones para movimiento. Además, es urgente unir a todos los grupos de izquierda y movimientos sociales contra el fascismo que comienza a actuar libre e impunemente en Brasil.

Los grandes medios utilizan estas confrontaciones para deslegitimar el movimiento y poner una parte de la población en su contra. A diferencia de la tradición europea, los medios de comunicación brasileños son en su enorme mayoría privados. El principal grupo comunicativo de Brasil, las organizaciones Globo, tiene una ideología muy conservadora. Su ascensión se dio durante la dictadura militar, en los años 60, cuando su fundador, Roberto Marinho, hizo una alianza con los militares golpistas y el grupo norteamericano Time. De ahí surge uno de los imperios de comunicación más fuertes y reaccionarios del mundo. Una verdadera arma al servicio de las clases dominantes brasileñas. Su papel desde el inicio de las protestas ha sido el de mostrar solo los actos de “vandalismo” (minoritarios y aislados), impulsar el apartidarismo y confundir a la población.

Nada será como antes

No podemos afirmar qué pasará en los próximos días. Hay un enfrentamiento social muy profundo que cambiará ciertamente el orden social existente. La Primavera brasileña ha empezado. Las consignas de reducción de las tarifas, pase libre para la juventud y estatalización de los transporte están ganado fuerza. Decenas de otras medidas aparecen en la calle en forma de pancartas o carteles hechos a mano por los manifestantes. El brasileño quiere participar y decidir los rumbos del país. Han perdido el miedo y la confianza en la clase política. España, Grecia, Turquía, Siria y Brasil son parte de un mismo proceso, de una misma lucha. La solidaridad internacional con lo que ocurre en Brasil es ahora muy importante. Con esos manifestantes en Río que cantaban: Da Copa, eu abro mao, quero dinheiro pra saúde e educaçao ou acabou o amor, isso aqui vai virar Turquia.