José Marín Silva
Las aves de rapiña de las fuerzas militares de la OTAN, brazo armado del Gobierno de los Estados Unidos, apoyando a los mercenarios rebeldes del Consejo Nacional de Transición (CNT) están masacrando a la población civil en Libia. Las cifras superan los 3 mil muertos. Niños, adolescentes, jóvenes, mujeres y ancianos se cuentan entre las víctimas desde que se inició esta operación “humanitaria” el 17 de marzo pasado, tras aprobarse la resolución 1973 por los miembros del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con el pretexto de resguardar la vida de casi seis millones de personas que viven en ese país africano. Los bombardeos indiscriminados de más de 12 mil vuelos sobre el cielo libio han dejado en ruinas a una nación, cuyo delito es haberse declarado Estado soberano e independiente, después que el coronel Muammar Gaddafi asumiera el poder, el 1 de septiembre de 1969, para impulsar la revolución verde que implicó echar a las compañías trasnacionales de Libia.
Una de las primeras medidas aplicadas por el Gobierno de Estados Unidos y sus aliados de Europa para socavar el Gobierno de Gaddafi fue la confiscación de 200 mil millones de dólares de las reservas internacionales que ese país depositó en los bancos del exterior. La cumbre de París fue la antesala para la ocupación militar de esa nación que posee una de las mayores reservas petroleras del mundo árabe, un reservorio acuífero vital, un caudal de oro nada despreciable en su suelo y una ubicación estratégica en el mapa mundial. Frente la crisis terminal que padece la economía de Estados Unidos y Europa, los paladines de los Derechos Humanos consideraron que Libia era un blanco seguro para encarar el desafío y apropiarse, en corto tiempo, de unos recursos energéticos y financieros que permitan a los países denominados del primer mundo no inmolarse en nombre de la libertad y la justicia. Aprovechando la revuelta de Túnez ocurrida a finales de 2010, la rebelión popular contra el régimen de Hosni Mubarak en Egipto, en los primeros meses de 2011, los jefes de Estados Unidos y Europa atizaron las manifestaciones contra el Gobierno de Gaddafi, financiando y cooperando militarmente para generar el caos en diversas localidades y poblaciones libias hasta tomar por asalto Trípoli buscando con ello derrocar al líder libio, quien ha convocado a su pueblo a repeler los ataques de los insurgentes y luchar en las calles para defender ese bastión donde concentra una importante fuerza que resiste la embestida de los ocupantes.
“Estoy sano y salvo. Me encuentro en Trípoli y no tengo intenciones de abandonar Libia”, dijo Gaddafi, en un mensaje dirigido a su pueblo frente a los rumores de su presunta huida y desaparición, difundidos por las cadenas de noticias internacionales. “No me iré de la tierra de mis antepasados. Ni del pueblo que se ha sacrificado por mi”, ha reiterado el autor del Libro Verde. Los combates se concentran en la capital, luego que los mercenarios rebeldes tomaran varias localidades de esa nación africana, incluyendo el asalto al cuartel general de Gaddafi. Mientras ocurre ese evento, el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, el primer ministro británico David Cameron, y el presidente de Estados Unidos Barak Obama, hacen un llamamiento a respetar los derechos humanos en Libia y aseguran que Gaddafi está acabado. La doble moral de estos personales no tiene límites. Autorizaron la invasión militar para masacrar a un pueblo y, al mismo tiempo, aparecen como los paladines de los derechos humanos. Aunado a ello, activaron la Corte Penal Internacional para juzgar a sus enemigos.
Las imágenes y las noticias procedentes de esa nación transmitidas por las agencias internacionales dan cuenta de que la furia de Alá no podrá contener la caída del jefe espiritual libio que vive su mala hora. Pero, Gaddafi está de pie y resiste junto a su pueblo. ¡Zalam Aleikum!
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