Benjamín Martínez-Aporrea
Estos tiempos globales que se afincan cada vez con más precisión en la psique y en el “espíritu del pueblo”, como diría Hegel, realza su valor en una retórica puesta a circular por una élite que condiciona el develamiento de su interés crematístico, no importa las víctimas, pues cada target tiene su precio. Las secta del facebook extasiada con el twitter no es más que la expresión de la beatitud que engendró la religión del capitalismo como sabiamente lo dijo Walter Benjamin. El capital como Dios sacrifica a sus víctimas inmoladas por la basura que las engendra desde lugares precisos del corazón imperial del odio. Desde los bordes, la estética no sólo es la apariencia de las cosas, sino la realidad misma que antecede al milagro de la espectacularidad que emana lo artefáctico cuando tiene un valor intencionalmente creado. Toda inconsciencia tiene su valor en el desierto de la miseria.
Alza la mano intentando arrojar la piedra aquél que clamando libertad desconoce la noción de ser soberano, alza su bota y aplasta con ella la flor que brota de las grietas, pero la bota no está fuera, está ya inoculada en su yo como el mismo humo que traga de la pólvora que encendió pero no fabricó. Los acólitos de la secta del facebook vanaglorian las imágenes que han saqueado sus sacerdotes, los mercenarios de la imagen. Fotos “propias” que siguiendo instrucciones precisas: gestos, escenografías, paisajes, ilustran narrativas exotizadas y rotuladas a través de las más complejas estrategias que demarcan los territorios a colonizar. La teleología del terror cubre con su manto todas las resistencias posibles a través de la conversión de las almas que más allá de sí sostiene la metafísica del deseo como realización del ego encapsulado en sí mismo porque su propia unidimesionalidad (Marcuse) ha rebasado las fronteras del nosotros, más allá de esto solo queda la destrucción. Por eso quien ha sido rebasado por la Religión del Capitalismo, es decir quien llega al non plus ultra del consumo ya no tiene más que recurrir al odio para poder justificar seguir siendo devoto. Pero aquí el devoto no es más que el sujeto que ha dejado de ser tal para ser mercancía, como diría Marx, y lo más importante de su fidelidad: ¡Que no se entere que lo es!
La fotografía, volviendo a Benjamin, está signada por un precio, y ella misma se revela sacra, de la misma forma que el catolicismo refuerza con sus santos la producción de su fe. Toda la inmaculada captura tiene ya en sí la motivación que invoca su circulación en el gran entramado mundial de sus posibles seguidores, es entonces cuando se torna prédica violando los más preciados momentos de la intimidad que entonces ya no podrá ser tal. En el culto a la imagen y a los 140 caracteres que se practica en el facebook y el twitter respectivamente, aun cuando este último también usa imágenes y videos, la plegaria es la intencionalidad de su eficacia y esta no puede ser otra que la misma violencia.
Ningún símbolo (symbolon) es inocente, se contiene de dos mitades: una parte oculta evoca a la otra que se muestra. En la religión del capital el símbolo no es más que el deseo de la cosa (y de las personas como cosas) fetichizada y no como cosa en sí, desde allí que el deseo de su posesión aniquile una parte de su esencia, es la erótica de la flagelación y no la erótica, siguiendo a Dussel, que se abre al gozo que solo puede encontrarse entre dos seres que se evocan y reciben desde y hacia el nosotros sin perder su singularidad.
Se dice que el pueblo venezolano se debate entre el socialismo bolivariano que a penas esboza sus intenciones y el capitalismo, pero de lo que se trata en el fondo es del enfrentamiento que produce enfrentarse a los credos “salvacionistas” que el capitalismo como religión ha producido, es decir, vivir el desafío de sentirse comunidad, sólo así podremos redimirnos y hacernos nación soberana.
