Raúl Bracho
 
Indignación sin conciencia de clase, no es indignación capaz de cambiar sociedad alguna.
 

La indignación no me recuerda a más nadie que al Che Guevara, hoy la indignación pareciera que se convirtió en mercancía.

 

Los Boeing sobrevuelas sobre las favelas, desde el cielo son luces  arrumadas en cerros, la tele constante sigue vendiendo champús y ofertando sus miserias capitalista, bellas parcelas y apartamentos, modelos de ropa y de consumos, cosméticos y basuras. Abajo,  en el cerro, en la calle, a pie, está la mujer y el hombre atrapados en la miseria indignante ante ese mundo inaccesible de confort y de consumo.

 

Muchas veces me preguntaba por qué perdura un modelo tan injusto de sociedad, como podría hacerlo si su resultado son seres humanos infelices e indignados. Si éstos son la mayoría de la tierra, de la sociedad, de qué forma prevalece ese poder infernal del capital. Quien tiene algo de dinero inmediatamente piensa de forma contraria a la mía, matemáticamente sucede.

 

Comprar y vender, poder de comprar poder de ser, dentro de la infernal maquinita del capitalismo. La conciencia sometida a los designios del ser en su relación de capacidad de compra, eso es lo que lo mantiene, al maldito capitalismo que le da voz a quien lo disfruta siendo su esclavo y muta y calla e invisibiliza a quien cae ante su mortal ecuación: para que alguien sea rico, muchos tendrán que ser pobres.

 

Indignarse es lo común entre los pobres, es la costumbre de decenios de dominación, los pobres viven en la indignación desde que son pobres. Esa in dignación nunca tuvo valor sino en las revoluciones, su cúmulo aterrador derumbó gobiernos y sistemas que desgraciadamente solo sirvieron para dar paso a nuevas y más sofisticadas formas de dominación.

 

Indignarse hoy en este siglo de arremetidas mediáticas, podría terminar en la utilización de la indignación en una vuelta a gobiernos pasados, en la llave de regreso para las peores pesadillas gracias a las “bondades” de faceboock o Twiter  son fuerzas naturales del descontento que son matemáticamente manipuladas por algunos operadores de las redes que logran de forma insólita manipular a las grandes masas de indignados y llevarlos a las calles sin dirección política aparente, ¡ojo! Gran peligro. Los indignados no son sus propios dueños, son una manipulación cibernética. En Europa no claman un mundo nuevo, reclaman lo que les ofreció el capitalismo, más no quieren, en su mayoría, saber nada del socialismo. Es una nueva forma de dominación, de drenaje de descontento y de desvió de las fuerzas que deben tener la capacidad de subvertir y transformar la sociedad.

 

Así se obligó hace horas a Dilma en Brasil a restituir el precio del pasaje, pero que hay detrás???

 

Indignación sin conciencia de clase, no es indignación capaz de cambiar sociedad alguna.