Es curioso, los sistemas que construyen auténticos templos en forma de centros comerciales, torres que quieren llegar al cielo presididas por los logotipos de sus grandes firmas empresariales y estadios olímpicos donde solo practicarán deportes las élites que generan beneficios económicos, llaman faraónicos a los mausoleos construidos para que los ciudadanos visiten el cuerpo de un líder político al que admiran.
Sociedades cuyos programas de televisión más exitosos se fundan en la presencia vacía y hueca de individuos cuyo único mérito es ser famoso por haber salido en los programas donde salen los famosos. Donde las publicaciones más demandadas son las que presentan como exclusiva las fotos del dormitorio de la celebridad famoso y se pagan cifras millonarias por las imágenes del bautizo del último vástago. Esas sociedades ahora acusan a Venezuela de culto a la persona.
Los que han visitado las tumbas de Lenin, Mao Tse Tung y de Ho Chi Minh saben que las colas -no de turistas, sino de locales- sin kilométricas. Algo que no sucede con los “líderes” del capitalismo, que a lo más que aspiran es a alguna estatua en un parque cuyo texto del pedestal deben leer los viandantes para reconocerlos. Y si alguno se atreve a un mausoleo, como Franco en España o Hassan en Marruecos, ninguna visita se acerca por allí.
El ritmo trepidante del capitalismo occidental no se caracteriza por buscar personajes que sean referentes éticos a los que inmortalizar. No hay colas de ingleses visitando al tumba de Churchill, ni de franceses la de De Gaulle, ni de estadounidenses la de Washington, Lincoln o Roosevelt. El capitalismo no tiene necesidad de inmortalizar con prestigio y devoción a las personas admiradas porque lo hace con dinero en vida. Un héroe del capitalismo es Steve Jobs, el fundador de Apple. Ocupó portadas y portadas en la prensa, su muerte fue un fenómeno noticioso mundial, sus biografías fueron bestsellers de ventas. Pero, sobre todo, el capitalismo le pago mucho, mucho dinero. Dentro de cinco años nadie se acordará de él y, por supuesto, nadie se interesa por visitar su tumba. El mercado hace lo mismo con los deportistas. Son deseados por patrocinadores y empresas, y aunque son admirados por la ciudadanía, todos sabemos que la mayoría terminan vendiéndose al mejor postor. Precisamente los deportistas más queridos por los pueblos son los que no son succionados por el mercado, bien porque triunfan en un deporte no comercial o porque se mantienen fieles a los colores de su país renunciando al dinero que les ofrecen fuera. Es el caso de los deportistas cubanos.
En el capitalismo la aceptación social se paga con dinero, cuando el capitalismo está contento con alguien le da mucho dinero para que tenga una gran casa, coma bien y viaje en un lujoso coche. Cuando se muere ya no se le puede retribuir y el mercado te olvida. El último homenaje es la esquela en la prensa, que también es mayor cuanto más dinero se paga por ella. En cambio, los pobres no pueden reconocer a sus mitos y admirados con dinero porque no lo tienen. Les pagan con la inmortalidad del recuerdo, y con todos los sistemas que puedan para mantener ese recuerdo. Y el embalsamamiento es uno de ellos. Una vez más los ricos se burlan de los pobres porque no manejan dinero en sus relaciones y afectos. Los ricos y su capitalismo no entienden que el amor de los pobres vale más que todo su dinero y, sobre todo, es inmortal. Porque cuando el pobre visita la tumba de su héroe, de su líder, está agradeciéndole lo que hizo en vida y recibiendo fuerzas para seguir luchando por sus mismas causas. Mientras tanto, el rico solo intercambia dinero con sus héroes. Y como no puede hacerlo cuando muere, lo olvida, y se queda solo con su dinero, a la búsqueda de otro héroe al que pagar.
* Pascual Serrano es periodista. Su último libro es “La comunicación jibarizada. Cómo la tecnología ha cambiado nuestras mentes” (Península) . Disponible en librerías a partir del 12 de marzo
