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Detrás de frases como vivir bien, buen vivir y vivir viviendo, que se han convertido en consignas-referentes de los discursos políticos reformistas y emancipadores de los gobiernos y pueblos progresistas y revolucionarios de  indoafrolatinoamérica (Bolivia, Ecuador y Venezuela respectivamente), se puede apreciar la aparición de renovadas concepciones “vitalistas”, contextualizando  el vitalismo como reivindicación trascendental de la satisfacción de las necesidades, condiciones de vida y condiciones existenciales sociohistórica y pluriculturalmente concebidas para la plena realización existencial individual y colectiva de la vida hoy alienada. Siendo que la alienación es contrapuesta a la autonomía, proponemos entender las reivindicaciones vitalistas como lucha por la soberanía de la vida en todos los planos que ello lo requiera, dicho con palabras de Toni Negri es “la resistencia de la vida al poder, dentro de un mismo poder que ha inventado la vida” (2003, p. 63). Concibiendo la apropiación y producción de esta soberanía más allá de su  reconocimiento jurídico en derechos y deberes, ya que implica incluso sobrepasar ese marco legal al asumir  la soberanía en tanto fuerza o energía vital dinamizadora de todo propósito y acción; diciéndolo también con palabras de Nietzsche, como “voluntad de poder”. Asimismo, la soberanía debe expresarse como saber decidir sobre la  mejor satisfacción de nuestras necesidades, condiciones de vida y condiciones existenciales a través del más conveniente modo de producir y reproducir la vida, por ejemplo, desde saber decidir qué comer para favorecer la salud física y espiritual hasta la escogencia y establecimiento de las relaciones sociales más convivenciales entre nosotros y con la naturaleza.

La trascendentalidad misma de la lucha por la vida hasta ahora negada para todos a nivel planetario, hace que debamos considerar y sistematizar interculturalmente los aportes hechos por distintas expresiones culturales vitalistas a escala mundial en distintos tiempos y, a la vez, recuperar las subordinadas y excluidas contribuciones ancestrales  sobre las concepciones  y acervos para la vida de nuestros antepasados indígenas y africanos, expropiados hoy por una ecología conservacionista “boba” que los aliena porque no denuncia y enfrenta la causa estructural de la depredación de la vida que ha ocasionado la más severa crisis ecológica, un modo de producción y reproducción de la vida no sustentable: el capitalista; y las transnacionales farmacéuticas que luego de privatizarlos por vía de patentizarlos,  mercantilizan sus saberes herbolarios terapéuticos por medio del procesamiento y comercialización de  fármacos “naturistas”.

Con base en ese enfoque consideraremos brevemente algunos conceptos aportados para la reconceptualización política de la vida por un pensador crítico “vitalista” europeo, Michel Foucault, por cuanto estimamos que pueden complementar o ampliar interculturalmente los planteamientos indoafrolatinoamericanos en su contribución a la lucha planetaria por la vida enfrentando un adverso contexto mundial de globorrecolonización y no de “globalización”.

La alienación de la vida se ha producido históricamente desde el siglo XVII al XIX durante el tránsito visible del poder de muerte soberano de la monarquía sobre sus súbditos (de su derecho a poder hacerlos morir y dejarlos vivir) al invisible por reformulado  biopoder de muerte capitalista sobre sus ciudadanos en tanto fuerza administrable de trabajo explotable  (de su estatización interesada de lo biológico como derecho a hacerlos vivir y dejarlos morir) en el mundo occidental según Foucault (1976), esto es, por la sujeción de la vida a través de dos complementarias tecnologías de gobernabilidad estatal sobre los sujetos por parte del biopoder: la anatomopolítica  (gobierno individual de corrección o reparación de los organismos: cuerpo-máquina) y la biopolítica (gobierno u ordenación global e institucional de las poblaciones: cuerpo-especie). Con las primeras se interviene y controla individualizadamente lo accidental u ocasional en los cuerpos, clínicamente, por ejemplo;  con las segundas, se interviene y regula a los cuerpos agrupándolos o clasificándolos en poblaciones con base en estadísticas (su natalidad, su morbilidad, sus condiciones sanitarias, su tiempo promedio de vida, etcétera) con la finalidad de diseñar políticas sociales de vigilancia y control que maximicen su rendimiento económico principalmente.

Por vía de gestionar las condiciones de vida (salud, alimentación, educación, etcétera) mediante las técnicas de gubernamentalidad de la anatomopolítica y biopolítica que las garantizarían, el poder “hacer vivir”, es poder capitalista de hacer vivir alienadamente pero, a la vez, es poder de “dejar morir” a quienes excluye debido a su inmanente dinámica estructural de inequidad e injusticia (explotación, pobreza, hambruna, desempleo, contaminación epidémica, crisis globales, etcétera).  Cuando nos referimos a las condiciones de vida que controla alienándolas el poder capitalista con base en su dominio del Estado y aparatos de gobierno, no las confundimos con las condiciones existenciales  para producir y reproducir la vida de modo sustentable que potenciarían  la realización del ser, también alienadas hoy por el biopoder del capital, entre las que destaca la soberanía de la vida que se manifiesta en las diversas expresiones de resistencia, fuga o desalienación  ante el biopoder como  cuidado o cultivo de sí y que retroactuarían sobre las condiciones de vida para redefinirlas y reestructurarlas desalienadamente, haciendo un arte de la existencia que implica un estilo de vida y la sabiduría responsable del saber cuidarse mutuamente para disfrutar el bien-estar y no su sucedáneo, el confort capitalista enajenante por superfluo; resistencia que es generada como reacción por el mismo poder como lo señala Foucault “allí donde hay poder hay resistencia” (1985 p. 116). Pese a que reconoce legalmente el derecho de vida y nos insta ideológicamente a vivir según las valoraciones y normas que induce mediáticamente, el biopoder nos vigila, controla y regula ese derecho al gestionar y alienar mercantil y consumistamente las condiciones de vida e impidiendo el ejercicio de la soberanía de la vida.

Para Foucault el biopoder  actúa disciplinando normativamente a los cuerpos imponiéndoles a través de las instituciones (la familia, la escuela, los hospitales, etcétera) su docilidad y utilidad.  Lo hace interfiriendo o mediatizando, bajo formas restrictivas y/o formas expansivas, sus campos de experiencia. Con las primeras se prohíbe la espontaneidad o anormatividad de las acciones y, con las segundas, se produce la subjetividad en una extensión de posibilidades que responden a pautas de presunta normalidad.  Bajo estas últimas formas se impone  “lo normal” como productor de lo real o de la verdad, el biopoder como criterio de lo real o de la verdad. La norma operará como principio de comparación o de medida entre los sujetos y por medio de esa comparación los individualizará y establecerá las divisiones en los grupos.

Foucault distingue entre los códigos o prescripciones morales del biopoder que imponen valoraciones positivas o negativas sobre las acciones sociales y los modos o medios por los cuales los individuos se constituyen como sujetos morales de sus propias acciones.  Sin que esta distinción lo lleve a considerar que los individuos originan o producen su moral al margen de la presión que ejercen las pautas culturales del biopoder dominantes en la sociedad. No obstante, reconoce una condición de posibilidad emancipatoria en el automodelado ético, estéticamente asumido, concebido como cuidado o cultivo autónomo  de sí. La ética en Foucault deviene en un campo opcional de libertad moral frente a la moralidad entendida en tanto obligante normatividad heterónoma del biopoder. La posibilidad de pasar soberanamente de lo se es a lo que se debe ser, de construirse éticamente, vendría  dada por las prácticas de relación consigo mismo y con los demás, las prácticas o experiencias de sí, de hacer cosas consigo mismos, ejercitaciones para operar modificaciones sobre el “yo” de cada quien de manera colectiva, conducentes a problematizar y transgredir la moral heterónoma individual y grupal que soporta un código moral subordinante del biopoder para potenciar emancipadoramente las virtudes  en los sujetos (la actuación conforme a una ética del bien común) a partir de la inquietud de sí  o preocupación por ellos mismos que manifiesten, de la necesidad de ocuparse de sí, por sí mismos y entre sí de forma dialógica primordialmente.

Cuanto más consciente se sea de la incidencia de las tecnologías del biopoder sobre el yo y el nosotros, mayores serán las posibilidades de alterar sus dominaciones y alienaciones. Con esta perspectiva libertaria, de superación de la dependencia o sujeción capitalista que genera la alienación de  las necesidades y condiciones de vida e instaurar las condiciones de vida existenciales, nos inscribimos en una nueva racionalidad política emergente en indoafrolatinoamérica que responde a una analítica del biopoder y a un proyecto ético que como lo expresó Ricoeur (1996), orienta y compromete “a vivir-bien con y para los otros en instituciones justas y a estimarse a sí mismo en cuanto portador de ese deseo” (p.393).

 

Referencias bibliográficas:

Foucault, M. (1985)  Historia de la sexualidad. La voluntad de saber.

México: Editorial Siglo XXI

Negri, T.  (2002)  Del retorno. Abecedario biopolítico. Barcelona:

Ediciones Debate

Ricoeur, P. (1996)  El sí mismo como otro. México: Editorial Siglo XXI