
La ofensiva comenzó hoy ante la CAC, que estará reunida dos semanas en Ginebra, con dos bandos enfrentados: el que defiende una prohibición inmediata y total de estas armas, y el que aboga por destruir primero los arsenales anteriores a 1980 y establecer una prórroga para los más modernos antes de su eventual erradicación.
El primero de los bandos está encarnado por las 111 naciones firmantes de la Convención de Oslo, que entró en vigor en 2010 y que prohíbe la producción, el almacenamiento, y el uso de estas armas, que matan y mutilan miles de personas, un tercio de ellas menores.
Entre las bombas de racimo más peligrosas están la Munición de Efectos Combinados BLU-97, muy usada en Iraq y Afganistán por la Fuerza Aérea de Estados Unidos, y la Munición Convencional Mejorada de Doble Propósito (DPICM, por sus siglas en inglés), empleada por el ejército estadounidense en Iraq.
Pero entre esas 111 naciones no están ni Estados Unidos, ni Rusia, ni China, ni Israel, ni India, ni Pakistán, países que producen, almacenan y usan entre el 85 y el 90 por ciento de las armas de este tipo, por lo que el impacto de la Convención de Oslo es muy limitado y únicamente tiene un componente moral.
“Sirven, por ejemplo, para controlar amplias zonas de terreno, causando un daño menor que una gran ofensiva con artillería, que tendría un coste humano mayor”, según manifestó hoy una fuente diplomática estadounidense, que expresó la necesidad de hacer compatible la estrategia militar y la humanitaria.

