La destrucción de las bombas y los impactos de las ráfagas de metralla no dejan lugar a dudas de que hoy la situación es otra. Lo que sucede con los principios del derecho internacional y la autodeterminación de los pueblos es un ejemplo de ello, pues entre negociaciones y flexibilizaciones terminan negándose, autojustificándose y convirtiéndose en meros recursos retóricos. Sin embargo, lo que no es retórica es la devastación que se genera en el proceso: los recientes 1600 fallecidos del día más sangriento en Trípoli son una terrible y tangible realidad, plagada de sufrimiento y dolor.
Si bien pretender una actuación distinta de las organizaciones internacionales sería un ejercicio de fantasía, siempre se espera que estas transformen sus prácticas y entren en razón respecto a lo que es mejor para el mundo, pero siguen imponiéndose los mezquinos intereses asociados al capital y a su dictadura mundial. Así, tras los lugares comunes de la “lucha contra la dictadura”, “el fin de los regímenes autoritarios” y demás plantillas imperiales; tras los eufemismos de la “ayuda humanitaria”, el “fuego amigo” y los “rebeldes”, se esconde la estrategia que no por repetida merece menor atención: hacerse con las riquezas energéticas del planeta, puntal del motor económico global. Y en esta lógica imperial, Venezuela resulta cada vez más apetecible. Nuevamente estamos advertidos.
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